Siempre es difícil comenzar...
Recuerdo, por ejemplo, cuando comencé a leer. Tenía cuatro años, a punto de caducar, y me convertí en el único acompañante de convalescencia de la más cercana de mis tías, que vivía en la misma calle en que me crié. Era un lunes por la tarde, aunque bien podría haber sido un jueves o un domingo, a esa edad me daba igual. Aunque, pensándolo mejor, a esta edad también me da igual. En fin, esa tarde llegaron las letras a mi vida. Radiante, con la emoción de un premio Nobel de física, descifré balbuceante los trazos casi indelebles de una vieja cartilla Nacho Lee amarillenta, ajada a más no poder por los años llenos de manos infantiles pasándole por encima: "Dro-me-da-rio".
El errante camélido me dio la bienvenida al universo de las palabras escritas, convirtiéndose a la vez en un enigma indescifrable para mis sueños de niño. En el barrio había visto perros, gatos, cucarachas, golondrinas, ratones furtivos y uno que otro caballo desabrido. Pero nunca había visto tal cosa como un mamífero andante con una cordillera sobre su espalda. Un par de años más tarde, en el solar trasero de un circo ambulante que se había instalado junto a mi escuela, lo pude ver. Quise correr a abrazarlo, pensando que era el mismo que había visto en la cartilla de mi tía, pero una malla de alambre me lo impidió. Desde allí lo saludé y traté de adivinar en sus ojos el motivo de la resignada tristeza que exhibía mientras rumiaba alguna brizna de hierba consumida en la mañana.
Recordé lo que alguna vez me había contado una enciclopedia. Que el destino de mi amigo era vagar por los desiertos, desafiando airoso la inhóspita soledad, la arena implacable que llueve a manos llenas enterrando los caminos que no existen, sin agua y sin amigos, sin un lugar donde llegar. Pero, encerrado donde estaba, el único desierto que podía atravesar era el de su cautiverio. Comprendí el silencio de su escueta mirada y la abnegación bíblica que mostraba mientras un hombre sin camisa y de piel curtida tomaba el lazo que lo sujetaba y lo conducía al interior de la carpa, a cumplir con quien sabe qué burdo espectáculo. Odié al hombre, odié al circo, odié al lazo que ataba a mi amado dromedario a una estaca en cualquier parte, menos en el desierto, en las soledades a las que pertenecía.
Desde entonces, cada vez que leía a Verne, a Borges, a Cortázar, a Cervantes, a García Márquez, mis escritores favoritos de la infancia, soñaba que aquel dromedario de circo había logrado escapar de su secuestro y que me buscaba en la noche para llevarme al desierto. Sobre lo alto de una colina rocosa se dibujaba un horizonte de fuego, era el sol que moría entre las dunas. Y en lo alto del cielo aparecía una puerta hacia el universo, hacia todas las miles de historias de mis libros y otras tantas para mí aún desconocidas. Abajo, el hombre sin camisa nos miraba furibundo; arriba, mi guía y compañero en el sueño me esperaba, me invitaba, abría para mí la puerta de la fantasía y yo entraba con los ojos abiertos de par en par, como la primera vez de todas, con cuatro sílabas de agradecimiento: "Dro-me-da-rio".